“En la noche del 24 de enero de 1939, cuando la tierra tembló y todo pareció perderse, Cauquenes e Itata volvieron a apostar por la vida: con las manos cubiertas de polvo y barro, y el alma firme en su cultura, la gente volvió a plantar, a reconstruir y a soñar. Y en ese proceso, el vino fue más que bebida: fue bandera, identidad y esperanza.”

La reconstrucción de Cauquenes tras el desastre
En el corazón del Valle del Maule, donde el sol dora los paisajes y el viento trae memorias de generaciones, la historia del vino se entrelaza con la de su pueblo. Cauquenes no solo es tierra de buenos caldos; es una comunidad tallada por adversidades y celebraciones, marcada para siempre por una noche feroz: la del terremoto de 1939.
El sismo de aquel enero arrasó con viviendas, caminos y bodegas centenarias. Decenas de miles de personas quedaron sin hogar y cientos de familias vieron sus viñas, muchas transmitidas de padres a hijos desde la colonia, convertidas en ruinas. Pero en medio del desastre, emergió el mayor tesoro de Cauquenes: su gente y su espíritu asociativo.
El vino, antes labor solitaria, se volvió empresa colectiva. Vecinos y familias agricultoras se organizaron para salvar lo que quedaba de sus parras y reconstruir sus bodegas. Así nació, entre el dolor y la esperanza, la Cooperativa Vitivinícola de Cauquenes (COVICA-Lomas de Cauquenes), un modelo pionero en la zona y aún vigente, donde la tradición y la modernidad van de la mano.
Este renacimiento no fue solo trabajo, el vino se convirtió en símbolo educativo. Muchos años antes de la tragedia, ya existió un intento de educación y aprendizaje en torno al vino, con la fundación de la Escuela de Vitivinicultura de Cauquenes en 1895, posteriormente siendo la Estación Experimental de Cauquenes en 1925 (actualmente dependiendo directamente del INIA). Estos constantes intentos, a pesar de sus propias adversidades trajeron consigo un aire de renovación posterior a la tragedia: el saber campesino se mezcló con la ciencia, y los hijos e hijas de Cauquenes aprendieron técnicas que permitieron enfrentar el porvenir con mejores herramientas.

Desde la otra vereda, en Itata
En una situación inclusive peor que el Maule, Ñuble recibió el sismo con mayor devastación, siendo Chillán una de las ciudades más destruidas y con mayor cantidad de perdidas humanas. Pero, en específico al interior, en Itata. En medio de la devastación, el sector vitivinícola recibió una atención especial por parte del Estado, que comprendió el valor estratégico de la agricultura y, en particular, la viticultura para la recuperación económica y social.
Una de las medidas más significativas fue la ordenanza gubernamental para la entrega y plantación masiva de la cepa cinsault. Esta variedad, de origen francés, encontró en el suelo y clima del Valle del Itata, un terreno ideal para prosperar. La intervención estatal no solo aportó financiamiento y apoyo logístico para restablecer viñedos, sino que también impulsó la plantación ordenada y estratégica de cinsault, como una apuesta para renovar y fortalecer la identidad vitivinícola local.
Hoy Ñuble, y especialmente el Valle del Itata, es el lugar en Chile con la mayor cantidad de plantaciones de cinsault. Esta cepa ha pasado de ser una alternativa a convertirse en la protagonista de la viticultura regional, reconocida por sus características singulares que expresan la tradición y el terroir de la zona. La cinsault destaca por su adaptabilidad, buen rendimiento (conocida como una variedad «cargadora») y calidad enológica, convirtiéndose en base para vinos con gran versatilidad.

Entidades como CORFO y la Corporación de Reconstrucción y Auxilio trabajaron en conjunto para que la viticultura se restableciera prontamente, canalizando recursos para la reconstrucción de bodegas, la provisión de insumos y el acceso a créditos para modernizar la producción. Más allá de la asistencia inmediata, estos apoyos sentaron las bases para la consolidación de la cinsault como un símbolo de la región, con miles de productores actualmente que cultivan esta variedad y dan vida a vinos premiados y valorados en concursos internacionales.
El legado que comenzó con aquella ordenanza de plantación tras la tragedia es hoy un motor económico y cultural. Ñuble es no solo la región con el mayor número de productores de vino apoyados por Indap sino que también un referente de calidad y tradición, donde la cinsault encarna la resiliencia y la identidad vitivinícola que el terremoto casi borró, pero que supo renacer con fuerza y visión.
Finalmente, a partir de una tragedia
Hoy, recorrer los viñedos de Cauquenes e Itata, es caminar por la memoria viva de un pueblo que decidió no rendirse. En cada rama, en cada fruto, está la historia de manos curtidas por el trabajo y el amor, tanto como por las inclemencias del tiempo. Los vinos de Cauquenes, especialmente los elaborados con la “cepa país”, tan propia y patria, y la cinsault de Itata, con su carácter vibrante y elegante, no son solo productos de gran calidad, sino portadores de una memoria viva: la de la superación cotidiana, el trabajo en familia y el orgullo de un terroir sin igual.

Cada sorbo de vino Cauquenino, o Itateño, narran la complejidad de sus suelos —granito, esquisto, caliza, arcilla— y ese clima generoso que el Pacífico modera con brisas frescas. Pero, sobre todo, cuenta la historia de quienes supieron levantarse cuando todo parecía perdido; de un pueblo que transformó la tragedia en una nueva oportunidad para hacer lo que siempre supo: vivir, amar y compartir el fruto de la vid.
Cauquenes e Itata hoy miran hacia adelante, sin olvidar su pasado. Su vino sigue siendo una tarjeta de presentación, pero también una invitación a descubrir un territorio de historias, sabores auténticos y personas que no se rinden. Porque aquí, el vino es memoria, es presente y, sin duda, será futuro.


