Participar en una feria de vinos es una experiencia que va más allá de la simple degustación: implica una verdadera práctica de atención y responsabilidad. Entre los conocedores y más entusiastas del vino, existe una “técnica” fundamental que puede resultar sorprendente para muchos: aprender a escupir el vino. Puede parecer poco elegante, pero este ritual es clave para mantener la mente clara y el paladar fresco durante una jornada de múltiples catas.
Si no aplicamos este “arte de escupir”, tarde o temprano el cuerpo comienza a absorber demasiado alcohol, y la capacidad de distinguir sabores y aromas únicos se ve comprometida. La percepción se vuelve borrosa, el juicio se nubla y lo que podría ser una experiencia excepcional se pierde en un mar de matices confundidos. Más allá de la etiqueta, escupir se convierte en un acto de respeto hacia el vino y hacia nosotros mismos, evitando que el disfrute se transforme en excesos.
Este principio también nos recuerda la importancia de tomarnos un momento para pausar en nuestras comidas y bebidas cotidianas. Vivimos inmersos en ambientes ruidosos y acelerados, donde la televisión, el estrés y las distracciones nos roban la atención. Comer y beber no deberían ser actividades apresuradas o mecánicas, sino espacios para conectar con nuestro entorno y con nuestros sentidos.

El sommelier es un gran ejemplo de esta conciencia. Su trabajo exige ambientes controlados, donde la luz, los olores y el ruido se minimizan para poder evaluar el vino en toda su complejidad. Esta atención minuciosa debería inspirarnos a todos, ya sea cuando disfrutamos de un maridaje gastronómico o participamos en una feria. El maridaje es mucho más que combinar un vino con un plato: puede ser un encuentro delicioso entre lo dulce y lo salado, lo simple y lo sofisticado. Por ejemplo, un pan de pascua con cola de mono, un completo con cerveza compartido entre amigos (también puede ser el tecito de la casa para los más tradicionales), o una galleta con chips de chocolate acompañada de leche para los niños, son combinaciones que celebran la diversidad del buen comer y beber.
Un lugar común que vale aclarar es la función de ciertos vinos muy dulces, como los Late Harvest, que por su intensidad y dulzor actúan mejor como vino de postre que como aperitivo. Intentar abrir el apetito con un vino dulce es tan contraproducente como ofrecerle un helado a un niño antes de la comida principal: el azúcar llena y empalaga, quitando espacio para disfrutar el plato que sigue.
En definitiva, beber vino es un arte que implica consideración, equilibrio y respeto por el momento, los demás, y uno mismo. Cuando logramos esa conciencia, cada copa se convierte en una experiencia rica y placentera, que no solo deleita el paladar, sino que también fomenta la conexión humana y la cultura del vino responsable. Porque, al día siguiente, las decisiones tomadas con juicio y moderación siempre se agradecen.


